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PERFORACIONES


Proyecciones:

Seleccionada en el programa Sounding Out 5 (Bournemouth University, UK, septiembre de 2010)

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Texto de Celeste Araújo, del artículo Cuatro maneras de definir el cine. Alberto Cabrera Bernal.

El cine es tanto un objeto como una ilusión. Y a película de acetato es material, en el sentido en que
es especialmente susceptible a una manipulación similar a la de la escultura
. (1)

Un destello de luz en la oscuridad perfilaría, ante la mirada de un observador, un círculo perfecto;
en su interior, una especie de arabesco en movimiento continuo, hacia delante y hacia atrás, trabaría
la visión. No se necesitaría mucho más para percibir lo que es el cine y bastaría, quizás, un proyector
encendido o la proyección de una película agujereada, como Perforaciones (2009) de ACB, para proyectar
el espacio corpóreo de esa irradiación.

Un único plano, fijo y frontal, acecha al observador emboscándolo, y aunque éste cerrase los ojos
o desviara la mirada de la pantalla, continuaría percibiendo la pulsión intermitente del blanco
y del negro martilleando su cuerpo. No hay imágenes en Perforaciones, apenas círculos de luz e instantes
de negro absoluto. Su sonido es corpulento, franquea todas las barreras e ignora lo que es un límite.
Las estridencias abrasivas de Desecration of Silence, de Mattin, perforan coberturas. El sonido industrial
y las ráfagas de luz excavan con tal violencia un conducto que, en sus bordes, se acumula el detritus
restante de la película haciendo arder oídos y ojos. Pocas veces sonido e imagen se amalgamaron
con tanto acierto. Cuando el primero se suelda a la imagen, ésta se nos presenta irremediablemente
fracturada.

La composición de Perforaciones es compleja: un plano horadado da lugar a una cavidad redonda
que añade un marcado espesor a la superficie de la pantalla. Sus aberturas son ópticas, son formas
escultóricas que aluden no sólo al haz de luz de la proyección, sino también a otros artilugios ópticos:
periscopios, ojos de cerradura, telescopios, estroboscopios, instrumentos que nos subrayan la mirada
del espectador y que ya vimos presentes en su primera película, Matar a Hitchcock (2008). También,
apreciamos que comparte Perforaciones una semejanza morfológica con los cachés del cine primitivo:
escondites negros en forma de iris empleados para focalizar una mínima parte de la imagen, aunque
en este caso el foco se descentre continuamente, sin presentar la estabilidad propia del paisaje que
ofrece una mirilla -el espacio que esculpen ciertas aristas en el plano nos remite también a la película
redonda de Gil J. Wolman, L’Anticoncept (1951), que al proyectar círculos de luz sobre un volumen
esférico, radicaliza lo que Perforaciones insinúa.

Aunque podría pensarse inicialmente que es una película en blanco y negro, Perforaciones es un filme
de color; está justamente registrada así, proviene de material procesado sin haber sido antes expuesto,
dando un negro irreductible. Como el color está en capas dentro de la emulsión, al traspasarse el celuloide,
aparecen residuos verdes y amarillos en sus bordes; sin embargo, brotan aún más matices de color, chispas
azules y, a veces, rojas que el cerebro genera con las intermitencias del blanco y del negro proyectadas,
de forma similar a otras películas parpadeantes como Flicker, de Tony Conrad (1966). La repetición
monocromática produce además la sensación de expansión y contracción de la pantalla, así como diferentes
texturas de postimágenes (2). Precisamente, debemos decir que, al describirse como película de color,
se insiste no solo en su materialidad, sino también en los efectos retinianos que produce al visionarla:
nos muestra un cuerpo, con sus pulsaciones y fantasmas como fundamentos de esa visión.

La suma de los diferentes boquetes (superpuestos entre sí y alineados convulsivamente), de las intermitencias
en negro y del sonido pedernal hacen que el ojo y el oído adquieran un cuerpo. El sonido y la luz incesantes
de Perforaciones trastocan y rebasan el marco de la pantalla, provocando la formación de una envoltura espacial.
La película liberada del marco reclama un cuerpo, el del espectador, infiltrándose literalmente en el interior
de sus mismos tímpanos y retinas. Con imágenes y sonidos tan afilados, sólo quedaría introducirla con una
advertencia similar: El visionado de esta película puede provocar convulsiones epilépticas y sordera.

(1) Hollis Frampton, La decadencia del estado del arte, en Especulaciones. Escritos sobre cine y fotografía,
MACBA, 2007.
(2) Las postimágenes retinianas son la presencia de una sensación en ausencia del estímulo. No se disipan
de una vez, sino que atraviesan una serie de estados positivos y negativos antes de desaparecer. Véase
Jonathan Crary: Técnicas del observador: visión y modernidad en el siglo XIX, Cendeac, Murcia, 2008.